Encontrar la fórmula

Aunque no estaba cerrado en banda al debate que -inevitablemente- abría el comunicado del Vaticano acerca de las procesiones, no lo consideraba para nada oportuno. En la situación que hoy vivimos y a la que nos enfrentamos podía generar más confusión que otra cosa. Tampoco entendía la fecha seleccionada, el 14 y 15 de septiembre. Esta última duda me la despejo pronto un amigo, los días no eran aleatorios. Hablamos de la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz y de Nuestra Señora de los Dolores.

En principio, sí me había quedado claro del decreto que la celebración de procesiones no significaba una reproducción concentrada de la Semana Santa. El Triduo Pascual es inamovible y nada tiene que ver esto con vivir plenamente la Cuaresma hasta la Pascua «mediante la oración personal, a pesar de las circunstancias adversas» tal y como nos sugiere la última nota de la Diócesis. Quién quisiera verlo de otra forma, nada más lejos de la realidad.

Ahora bien, ¿dónde queda la propuesta real del cardenal Robert Sarah sobre la celebración de procesiones en septiembre?

Esta mañana leía un artículo de Daniel Marín sobre el tema que aportaba algunas ideas de la negativa del bien llamado establishment cofrade al anuncio que llegaba desde el Vaticano. A la luz del estudio sociológico «La distinción», del francés P. Bourdieu, durante la columna trata de averiguar las diferentes razones por las que este establishment cofrade rechaza tajante la propuesta.

Entre ellas planteaba: ¿no influirá la intención entre los propios cofrades de marcar diferencias entre ellos? «Al primer tipo de cofrades se les atribuye una fe blandita y un punto de frikismo importante frente a los cofrades del segundo tipo, considerados de una fe más fuerte y de mayor rigor al no necesitar procesiones«.

Concluía su artículo Daniel con esta frase: «Quizá la pretensión del cardenal guineano no sea otra que la de poner la religiosidad popular al servicio de la fe después de una pandemia que dejará a la población mundial tiritando, en muchos aspectos«. ¿Y si la verdadera cuestión fuera esa? ¿Acaso no se justifican un sinfín de extraordinarias con argumentos que, permítanme, en muchos casos son mucho más cuestionables y difíciles de sostener que este? Véase el reciente decreto del Obispado para regular y poner solución al tema.

Para los menos receptivos, hay precedente en circunstancias similares en Málaga. Solo hay que indagar en nuestra historia. En tiempos de calamidades, la Virgen de la Victoria -Patrona de la ciudad y su Diócesis-, el Santo Cristo de la Salud o los Santos Patronos Ciriaco y Paula, cuando las epidemias acababan regresaban, previo culto en la S.I. Catedral, a sus templos en procesión triunfal por el casco histórico de la ciudad.

Desafortunadamente, nadie nos va a devolver los momentos que perderemos esta Semana Santa. Esa pérdida es ya irreparable. Aunque quisiera, nadie puede trasladar a otra fecha distinta nuestra primavera en Andalucía. Quizás no se trate de eso. Quizás no sea, como muchos pronostican, una magna que tenga en su programa una larga lista de imágenes y cofradías con faraónicos recorridos de ida y vuelta. Desde luego, con un Centenario que celebrar a la vuelta de la esquina no parece lo más sensato.

Quizás, cuando todo esto acabe, debamos recibir esa propuesta de la Santa Sede y pensar la manera más adecuada para que «esas expresiones de piedad popular y las procesiones que enriquecen el Triduo Pascual» tengan en Málaga un espacio de forma extraordinaria. Como extraordinaria es la ocasión. Si por algo se caracteriza el mundo cofrade es por tener una gran creatividad cuando se le requiere. Quizás solo se trate de eso, encontrar la mejor fórmula.