Yo soy de todas

Guiones de las diferentes hermandades durante la procesión del Domingo de Resurrección | Arturo Higueras

Era Domingo de Ramos por la mañana y en el coche, de camino al centro, sonaba la radio. Adolfo Arjona entrevistaba a una señora malagueña en el especial de Semana Santa y en mitad de la conversación le preguntó a su interlocutora de qué cofradía era. «Yo soy de todas», contestó orgullosa. Recuerdo que, por aquel entonces, a mis diez años, esa respuesta me desconcertó y me mosqueó a partes iguales. «¿Cómo se puede ser de todas? Qué bienquedismo», pensé para mis adentros. Hoy, a mis treinta y pocos, esa filosofía me representa. Tal vez porque ahora, con la edad, la entiendo. Yo también soy de todas. O mejor dicho, yo también aspiro a llegar a serlo. Y no hablo de convertirme en millonario y permitirme el lujo de pagar cuarenta y pico cuotas (que no me importaría). No. Me refiero a que, a día de hoy, mi ambición cofrade no es otra que abrir mi corazoncito y dejar que todas y cada una de las cofradías que forman la Semana de Málaga, mi Semana Santa, habiten en mí. Que todas y cada una de ellas signifiquen un recuerdo, un familiar, un amigo, un amor, una anécdota, un momento, una etapa, un deseo, un milagro, una petición, un agradecimiento, una historia o un vínculo. Que cuando baje a la calle cualquier día tenga, siga teniendo, la necesidad imperiosa de verlas todas, de darle cariño a todas y de llenarme de todas. Porque yo entiendo la Semana Santa así, como una película de cuarenta y muchas escenas donde todas y cada una de ellas te atraviesan y en la que, si alguna falta, la obra es incompleta.

Y sí, sé que muchos cofrades discreparán conmigo y me reprocharán que con esta mentalidad tan limitada y pobre me perderé otras visiones y otras riquezas. No les falta razón. Pero, después de unas cuantas extraordinarias y magnas a mis espaldas, he llegado a la conclusión de que sí, es cierto, puedo llegar a disfrutar y a admirar otras idiosincrasias, pero esos cristos no son los de mis padres, ni los de mis abuelos, ni los de mi familia. Esas vírgenes no aparecen en las estampas que me regalan mis amigos nazarenos, ni brillan en los azulejos de mis calles, ni ilustran los cuadros y calendarios de mis comercios. Esas sagradas imágenes no son, a fin de cuentas, a las que rezan las personas que me quieren, ni las que me han visto crecer, ni las que aparecen en mis álbumes de fotos, ni las que llevan años recibiéndome en sus templos y capillas. Por eso, y respetando profundamente a quienes no lo sientan así (con la madurez uno comprende y se convence de que hay tantas Semanas Santas como personas que la aman), yo defiendo y defenderé esta personalísima manera de vivir este rito nuestro. Esta es la fórmula donde yo hallo lo que cada año me cuesta más encontrar; la verdad. Mi verdad. La verdad que yo he heredado. La verdad que, cada primavera, me reconecta con mis raíces. La verdad que me hace feliz.

Sí. Yo soy de todas. Pretendo serlo. Y, otro año más, ya tengo el corazón abierto para conseguirlo con la colaboración inestimable de los míos. Porque, que no se nos olvide, ahí reside el secreto de estos días; compartir con quienes quieres y disfrutar con quienes te quieren. Todo esto va de seres queridos. La plenitud, en la Semana Santa y en la vida, es sencilla.