Y se hizo el silencio
«No hace falta el siseo de nadie. Esa Málaga ruidosa y parlanchina a la que estamos acostumbrados se calla y se entrega al silencio». Y no hizo falta esta vez la irrupción de la voz ronca y desesperada de Vaquerito. Haciéndonos olvidar el alboroto al que últimamente estamos acostumbrados, el Señor bajó a la Catedral y se hizo el silencio.
Sobre el número 18 de la calle Manrique caían los últimos rayos de sol en la espalda del Ecce-Homo. Doliente. Con la mirada clavada al suelo. Pensativo. He aquí el hombre (Juan, 19:5).
El Cristo de la Humildad bajó desde el Santuario con los acordes de una banda de música. En busca de la esencia que Málaga nunca perdió. Ni perderá jamás. Porque la notas de Artola perdurarán inalterables en el tiempo por siempre. Así, la U.M. Eloy García recuperaba del maestro la marcha «Presentación al pueblo» e interpretaba otras piezas como «Al Santísimo Cristo del Amor», «Consummatum est», «El Cristo de la Lanzada», etc. Sí, se puede. Con un buen repertorio se puede.
Tras superar la estrechez de Lagunillas se sumergía en el casco histórico de la ciudad sobre un monte de claveles rojos. Se presentaba a su pueblo. Sencillo. La talla de Buiza transmite una cercanía extraordinaria en soledad. «¡Cómo gana este Cristo así!», susurraba una mujer mientras lo admiraba desde una esquina. Y no le falta razón a la señora. Sin su misterio se descubre en la imagen multitud de detalles que difícilmente se pueden apreciar habitualmente, salvo en la intimidad de su capilla.
El Señor llegaba al Patio de los Naranjos. El reloj de la torre marcaba las 20:45. Tres toques de campana. Golpe de aro. El público enmudece. «Cristo de la Humildad». Las farolas del Hospital Gálvez hacen que su sombra se proyecte en las paredes de San Agustín. Los últimos cirios iluminan su camino. Le rezan. Le piden. Le acompañan. 325 años de Humildad.