¿Qué si quiere bulla, Señora?

Detalle de la procesión de la Divina Pastora | Arturo Higueras

Existe en Málaga cierto animal mitológico que suele habitar en las primeras filas del público. Dicho espécimen suele considerar que, por su localización, cuenta ya con todos los derechos posibles en la jerarquía cofrade. Tiene la potestad de discernir quien pasa y quien no, aquellos que pueden cruzar la calle de los que deben esperar y, por supuesto, donde debe colocarse el público que acude a ver las procesiones. Este individuo es juez y parte, es el César que inclina hacia abajo su pulgar para dejarte claro que no, que delante de la Virgen no puedes ir.

Los avistamientos de este ente quimérico parecen haberse multiplicado en los últimos tiempos. Atraídos por el altavoz de las redes sociales, se avalanchan sobre sus teclados para criticar aquello que consideran inaceptable. Les molesta sobremanera que los fieles se coloquen delante de una imagen para acompañarla en su procesionar, lo consideran indigno, ostentoso, caótico y casi sacrílego. Su primera fila es intocable y sagrada, como si los cofrades de la bulla fueran a escalar para evitarle la visión de la imagen o tapar los oídos para que no pudiese escuchar la marcha. La gente se tiene que poner donde ellos digan; ni donde diga la cofradía, ni la tradición, ni absolutamente nada ni nadie. Ellos son los únicos e indiscutibles señores de las calles a los que el resto deberíamos pedir permiso para andar.

Pero la realidad es bien diferente. Como pobres depredadores incapaces de obtener más que un poco de visibilidad compensatoria, erran en sus tres principios básicos de actuación. En primer lugar, porque la única entidad soberana en decidir donde se han de colocar los fieles es la hermandad. Punto. Si una cofradía no quiere fieles delante de sus imágenes, lo hace saber de forma clara y manifiesta. Y el público respeta. Resulta curioso que quienes tan vehementemente critican las bullas no pisen una hermandad en todo el año, no colaboren para nada en el mundo cofrade e incluso obvien las opiniones de los propios hermanos. Ellos son mejores que nadie, ¿cómo va a osar un hermano de la hermandad a decirme que otro hermano de la hermandad se puede colocar ahí donde no molesta a nadie? Mi poder de la primera fila es inapelable y soberano.

En segundo lugar por un motivo histórico y tradicional. Las bullas no son algo nuevo, no solo lo vivimos nosotros sino que ya lo vivieron nuestros padres y hasta nuestros abuelos. En Málaga, sin ir más lejos y para que no se acuse de copiar a nadie, ya hay registros históricos que apuntan a como en los años 20/40 la gente ya se colocaba delante del trono de la Esperanza en calle Carretería, «se desbordaba el júbilo». Es ese carácter popular de nuestras devociones el que las hace tan únicas, aún más en una procesión de gloria. El público cofrade sabe ademas donde sí y donde no. No los verán nunca entre nazarenos de ruan. Ahí no procede, no hay tradición. Pues se espera y no pasa nada.

Procesión de la Esperanza del S. XX | Archivo de un particular

Por último, lo de siempre. Quienes se colocan delante de un trono «son todos iguales». Ruidosos, molestos, impertinentes y amanerados, sobre todo esto último. Solo gente con afán de protagonismo y gestos impropios podría osar a romper el status quo de los fiscales de la primera fila. Les falta y les sobra. Pero todo cambiaría si, como dice la gran Alejandra Puelles, fuera «un hombre debajo de un paso, cargando kilos». Entonces, no pasaría nada. Para ellos, la venia de nuestro árbitro y el aplauso más sentido. Ellos si tienen la potestad de armar el ruido que haga falta. Van trabajando y bien abrochados al varal, bien faltaría.

Lamento comunicarle a nuestro mitológico amigo, que le queda mucho por aguantar. Seguirá habiendo bulla allá donde lo quieran las hermandades, los fieles y -sobre todo- María. El pueblo cofrade seguirá acudiendo devoto a la llamada que, año tras año, se produce delante de las plantas de la Virgen. Le seguirán gritando guapa, aplaudiéndola y vitoreándola, pues Ella es la única jueza y soberana de la fe. Y a nuestra estimado compañero de aventuras siempre nos quedará preguntarle: ¿qué si quiere bulla, señora?