El Señor reina, vestido de majestad

Detalle del mosaico del Nazareno de Viñeros | Arturo Higueras

En estos últimos días de preparación para la Semana Santa, los cofrades comenzamos a ver sobre los tronos a nuestras imágenes. Al igual que ocurre en otras muchas cosas, sobre la vestimenta de estas hay dos claros bandos : los que apuestan por un atuendo más sencillo y humilde y los que abogan por la necesidad de que las imágenes vistan con las mejores prendas de su ajuar en la salida procesional. Litúrgica y artísticamente, ¿qué es lo correcto? ¿Quién lleva más razón en esta histórica disputa?

Para entender por qué las imágenes religiosas se presentan como las conocemos actualmente, debemos echar la vista 500 años atrás. En el Concilio de Trento (1545-1563) se debatió el culto a las imágenes religiosas y la Semana Santa surge, precisamente, como una respuesta frente a las necesidades que tenía la Iglesia de la época. Para la Iglesia Católica, el arte religioso – imaginería incluida- debía ser un instrumento para reafirmar su doctrina ante el avance del protestantismo. Este Concilio marca el paso del arte religioso del Renacimiento al Barroco y, con ello, la confección de imágenes de Jesús en las que se pretendía mandar un mensaje que fuera más allá de lo superficial. Se buscaba la representación de un Jesucristo triunfante frente al pecado y la muerte. Para ello, se recomienda a los artistas que reciban ayuda teológica a la hora de realizar cualquier pieza de arte.

Las imágenes religiosas que surgen desde entonces son un todo que busca representar la divinidad y el triunfo de Dios. Además de los procedimientos técnicos e intelectuales, los artistas incorporan elementos – pensados inicialmente como intrínsecos a la obra- que pretenden reforzar el mensaje como son las potencias o la corona de espinas. A diferencia de otras provincias andaluzas – por ejemplo en Sevilla con el Señor de Pasión o con el Cachorro- en Málaga no tenemos apenas imágenes cuya concepción original haya sido alterada por gustos o modas. ¿Quiénes somos los contemporáneos para modificar tallas que han sido concebidas inicialmente, por ejemplo, sin corona de espinas o potencias?

La túnica lisa, ¿una moda frente a la liturgia?

En los últimos años estamos viendo cómo muchas tallas cristíferas procesionan con túnica lisa aún teniendo en su ajuar magníficas piezas bordadas. ¿Cuál es el origen de este fenómeno? ¿Por qué las hermandades deciden dejar en las vitrinas parte de su rico patrimonio?

Todo parece venir de una moda impuesta a lo largo del tiempo. Las primeras referencias que tenemos sobre imágenes religiosas vestidas de liso nos llevan a un Cabildo celebrado en la Capilla de la Hermandad del Gran Poder en la Iglesia de San Lorenzo de Sevilla en 1910. Por entonces, se votaba que el Señor del Gran Poder procesionara con una túnica lisa roja por primera vez, pese a tener en su ajuar, al menos, dos túnicas bordadas. En dicho Cabildo, uno de los hermanos manifestó su disconformidad con una reflexión que bien podría ser aplicable a la actualidad: “El Sr. Sobrino, dice que insiste en su opinión, que existen otros hermanos que participan de su parecer, pero que no se atreven a manifestarlo; que la túnica es fea, y que caso de ser la túnica lisa no tendrían objeto ni las ricas potencias del Señor, ni los casquetes de oro de la Cruz, ni el mismo paso riquísimo de la Virgen; que él ha creído que a Dios se le debe ofrecer lo mejor, y que por eso la túnica debe ser rica y bordada.”

La quema de conventos de 1931 en Málaga y la pérdida de casi todo el patrimonio de las hermandades plantean una situación totalmente diferente. La crisis económica de la posguerra – que obligó a vestir a las imágenes con piezas de escaso valor- no debe confundirse con la moda auténticamente impostada que se instauró años más tarde y que sigue hasta nuestros días. Una tendencia que pretende atribuir una falsa naturalidad a las imágenes religiosas, desproveyéndolas de la divinidad que deben representar. Si bien es cierto que el Concilio de Trento buscaba una representación más cotidiana de lo sagrado y hacer protagonistas de la historia sagrada a personas comunes para así crear la sensación de que cualquiera podía ser testigo del milagro; creer que esto es aplicable a Jesucristo es un error en la interpretación de las sesiones tridentinas. Las representaciones del Salvador, la Virgen y San Juan Evangelista son las únicas que deben perseguir la divinidad y huir de representaciones superficiales y cotidianas de aquello que consideramos sagrado.

El Señor debe reinar vestido de Majestad. No somos quién para desproveer de los atributos de la divinidad a la imagen de Jesucristo. Eliminar de una imagen la túnica bordada, las potencias, la corona de espinas o los detalles que ornamentan a la Cruz convierte a la representación de Dios en algo cotidiano, cuando nuestro propósito debe ser todo lo contrario. Deberíamos abandonar la moda impostada de vestir a las imágenes de liso y ser conscientes de que hacerlo puede ser un error litúrgico y, en el fondo, artístico. Así, rompemos con la idea inicial con la que el artista ejecutó la imagen. El gusto de algunos, el «es que con la túnica lisa parece que se mueve al andar» y el «Jesús era pobre» deben encerrarse en un cajón para siempre. La Semana Santa es la representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo y, por tanto, debe llevar consigo un mensaje de divinidad y de un Jesús triunfante frente a la muerte y el pecado.