40 días de marzo

Los carnavaleros ganaron hace décadas la guerra de apropiación de los meses del calendario. Desde tiempos lejanos supieron que el segundo mes del año era el suyo, y de nadie más. Que si había que morir, debía ser Februo, en ofrecimiento a Plutón. Y sin embargo, marzo ha caído en el desmerecido olvido de la sempiterna presencia. No hay año en el que, al menos, un pedacito de la cuaresma, resida en los días de honor a Marte, dios de la guerra (por lo que sea, bien hilado).

Resulta ridículo ponerse a enumerar las enmiendas del decálogo sentimentaloide de cada cuaresma. Que si la cera, que si el incienso, que si las velas… ¿Acaso no es mejor salir a la calle y vivirlo? No por ello, en estas semanas cíclicas y que hasta hace muy poco seguían un patrón definitorio, volverán a vivirse momentos que harán convivir la desazón con la ilusión. Aquellos despistados que decían que las puertas estaban cerradas, podrán ver que la apertura está justo a la altura del timbre. Los mismos que alcanzan la llave que abre cualquier reja de una hermandad, buscarán rápidamente el cerrojo en vistas de posibles avalanchas de los clásicos “Hola, vengo a recoger mi túnica, adiós“. O lo que sea. Llegarán los cuaresmeros, los figurantes -¿no había acabado el carnaval?- y los que tienen el pecho rojo de darse golpes de honor. También cobrarán fuerza los moralistas y reaparecerán aquellos resplandecientes de medallas que valen nada porque esto nunca se trató de ganar. Y entre tanto, volveremos a reafirmarnos en lo mismo, que quizá vendimos las cofradías a precio de saldos.

Pero como he dicho, también reaparecerá la ilusión, dentro de este desierto en el que priman los matojos secos, con pequeños oasis que dan la frescura revitalizadora que necesita la Semana Santa. Viviremos un periodo pasional que, pese a estar grabado a color, nos han condenado a recordar en blanco y negro. Un pasado que se va a evaporar igual que ya lo hicieran los adoquines de la Calle Ancha del Carmen. Tanto tiempo debatiendo si era más o menos amplia que al final no nos hemos dado cuenta de que su grandeza reside justo al final. En esa pequeña capilla de la Iglesia del Carmen. Las paradojas del destino, que el muy caprichoso ha querido que en este año de la revolución, presida el viacrucis Jesús de la Misericordia, solera viva y revitalizadora. Lo más puro y verdadero de un barrio que, al igual que el resto de históricos distritos, ha desaparecido. Uno no puede más que enorgullecerse de saber que, esa cuaresma, que de llegar tarde, al final llega pronto, va a tener como punto de partida al Cristo de su abuelo, de su madre. Al suyo. Pero también al de su familia y al de una ciudad que todavía vive la penitencia a cara descubierta. Con una vela, sí. Pero detrás de Él. Porque la grandeza ha de ir presidiendo siempre.

Lo cierto es que, más allá del homenaje a la guerra que los romanos hacían con marzo, también aguardaban la dicha de la fortuna en aquellos idus depositarios de los mejores augurios. Puede que sea el momento de hacer de ellos nuestra bandera. Al menos, por algo más de 40 días.


Juan Romera Fadón trabaja en el programa cofrade de Canal Málaga, Málaga Santa y es cronista colaborador en el diario del grupo Joly Málaga Hoy.